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miércoles, 5 de septiembre de 2012

el teléfono

Suena el teléfono. ¿Diga? Buenas tardes, está el señor L.? ¿Es usted su esposa? Llamo de Endesa para Lo siento, no puedo atenderte ahora. ¿A qué hora le puedo llamar? No me llames.

Qué cruz. Son las 15.30 y me estaba echando una siestecita y ya me la han vuelto a fastidiar. Me quedo unos segundos parada acordándome de la desconocida familia de la teleoperadora desconocida que me ha sacado del limbo y me levanto y voy a la cocina a por un trozo de pan. 

Hace menos de una hora que he comido. Un revuelto de verduras al wok y un trozo de queso fresco con anchoillas. Como todos los días, es mi voluntad, o mi consciencia, la que tiene que insistir que ya es suficiente, que ya he terminado de comer. Todavía mi cerebro no lo sabe automáticamente. Mi sensor automático de saciedad todavía está estropeado. 

Pico un par de trozos antes de que mi yo consciente aparezca y diga ¡para! Me voy de la cocina y vuelvo y me vuelvo a marchar. Me siento unos segundos en el sofá para relajarme. ¡¡P. televentas!! Ya siento una necesidad imperiosa de seguir comiendo, abrir la nevera y darme un homenaje. Además es como si ya hubiera empezado, realmente no he comido casi nada pero la sensación es tanto de ganas de comer como de inevitabilidad, ya he empezado, ya he comido, ya estoy hasta un poco llena. Vacía y llena. Cómo explicarlo.

Me siento en la bici y me pongo a pedalear, hasta que se pasa el momento y puedo pensar en otra cosa. Prueba superada por hoy. 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

la olla

A veces me quedo bloqueada. En esos momentos no sé si mi cabeza es una olla express o simplemente está vacía, hueca y por eso no soy capaz de arrancar. Siempre es en un cruce de posibilidades, cuando podría ir a entrenar (quiero, y además debería y además lo agradeceré después), o ponerme a merendar (quiero y lo temo y sé lo que viene detrás) o irme al concierto con mi novio, que se va enseguida (quiero, y la vida de verdad es eso)... O esto o lo otro. Y ni una ni otra: me quedo parada como un muñeco sin cuerda repasando las alternativas a toda pastilla -te quedan 10 minutos para decidir, te quedan 5, al final va a tener que ser el atracón, joder, si es que lo estás deseando, cómo se te ve el plumero-. Cuantas veces me he quedado parada hasta que ya no había más que el atracón. En realidad había muchas más, pero a quien le importaban, estando la posibilidad del atracón solitario delante...

Durante el bloqueo no me quedo quieta todo el rato. Puedo estar quieta varios minutos pero a veces hago amagos de arrancar: cojo la bolsa de deporte, meto algo dentro y la vuelvo a dejar en el suelo y voy hasta la nevera, abro la puerta, la cierro, y me quedo mirando por la ventana, o picoteando un poco de pan...

En ese momento debería coger mi cabeza y meterla en un chorro de agua fría. Como se hace con la olla para bajar la presión. Pero como a la olla, a mí tampoco se me ocurre hacerlo por mí misma.

Poco a poco, hace ya muchos meses que en el cruce de posibilidades, cuando me quedo parada como un muñeco sin cuerda, en mi olla express ya no bulle la posibilidad del atracón. Puede ser ir a nadar o quedarme en casa viendo la tele, haciendo bici estática, leyendo en el sofá o haciendo el vago, incluso merendar algo antes, pero al menos no está en el menú el atracón. Hay una gran diferencia y de hecho los bloqueos son más breves y menos intensos. Y están mucho más espaciados. Tal vez la olla forma parte del proceso de la bulimia y con el tiempo desaparezca del todo. Qué parte soy yo y qué parte se irá sólo lo sabré con el tiempo. Con el tiempo todos somos otras personas. ¿Se me irá la olla?